miércoles, 10 de enero de 2007

Al enemigo, ni agua


Los últimos acontecimientos sobre la manifestación prevista para el día 13, suscita divergencias que no son del todo insolubles. En principio, el acuerdo de los diferentes partidos posicionándose frente a ETA es de sentido común a la vista de la trágica ruptura de la tregua. Es deplorable pensar que todo se hizo para coger aire, marear la perdiz, conseguir prerrogativas, chantajear sin escrúpulos. Creo que es más necesario que nunca dejar claras las posiciones: no se puede negociar con terroristas. Gente que no admite la democracia que quiere mantener sus posturas minoritarias frente a la inmensa mayoría.

Consiguieron dividir, hicieron claudicar a la democracia, llegaron hasta el parlamento europeo. Se posicionaron como unas víctimas cuando son unos asesinos. Enfrentaron a la sociedad civil con el Estado en las manifestaciones de las asociaciones por las víctimas del terrorismo. Pero lo peor de todo es que muchos jugaron igual de sucio. Aprovecharon las circunstancias por encima del bien común, para posicionarse y crispar a la sociedad.

Los demócratas hemos perdido, todos en general, porque deseando la paz nos devuelven las sonoras explosiones de la T-4. Para ellos las víctimas son daños colaterales, así de claro se posicionan quienes dirigen el terror por encima de cualquier consideración humana. Yo me pregunto que diferencia existe entre una banda mafiosa y ETA. ¿Que su seña de identidad quiere ser la Independencia de Euskadi, el nacionalismo excluyente?. Me suena mucho a lo que sucedió en la antigua Yugoslavia, y ya ven como quedaron las cosas. Estos señores son capaces de enfrentar a todos los españoles con el único objetivo de ver si consiguen la independencia. La opinión de las urnas les trae sin cuidado, de lo contrario hace tiempo que no existiría el problema.

Ahora bien, la convivencia de ciertos nacionalismos tolerados que han aprovechado las circunstancias de ETA da verdadero asco. Ellos son tan culpables como los etarras, porque defienden los mismos ideales con la amenaza de las palabras, todo dentro del marco democrático pero sin claudicar ni ante la Constitución ni ante la Legitimidad establecida.

¿Saben de dónde se nutren los alevines del terror?. De las escuelas vascas donde se les hace sentir diferentes, no españoles, sino agredidos, invadidos. Es una perfecta manipulación que sólo tiene una vuelta atrás. Competencias sujetas a la Ley del Parlamento, sin treguas ni concesiones de ningún tipo. Los mismo vale para Cataluña que para Galicia o para Andalucia, o para la comunidad que sea.

Me hubiera gustado escribir en plan menos airado, pero es que estoy con las vísceras revueltas. Suenan bemoles y nos olvidamos de las escalas mayores, la música no amansa las fieras, a la vista está, ni los villancicos, ni los mensajes de paz consiguieron impedir el ataque a traición. ¡Qué se puede esperar!. Lo dicen por ahí, “al enemigo, ni agua”. La misericordia que la encuentren en el Reino de Dios, aquí más vale que nos pongamos todos de acuerdo en excluir a los excluyentes.

Al enemigo, ni agua


Los últimos acontecimientos sobre la manifestación prevista para el día 13, suscita divergencias que no son del todo insolubles. En principio, el acuerdo de los diferentes partidos posicionándose frente a ETA es de sentido común a la vista de la trágica ruptura de la tregua. Es deplorable pensar que todo se hizo para coger aire, marear la perdiz, conseguir prerrogativas, chantajear sin escrúpulos. Creo que es más necesario que nunca dejar claras las posiciones: no se puede negociar con terroristas. Gente que no admite la democracia que quiere mantener sus posturas minoritarias frente a la inmensa mayoría.

Consiguieron dividir, hicieron claudicar a la democracia, llegaron hasta el parlamento europeo. Se posicionaron como unas víctimas cuando son unos asesinos. Enfrentaron a la sociedad civil con el Estado en las manifestaciones de las asociaciones por las víctimas del terrorismo. Pero lo peor de todo es que muchos jugaron igual de sucio. Aprovecharon las circunstancias por encima del bien común, para posicionarse y crispar a la sociedad.

Los demócratas hemos perdido, todos en general, porque deseando la paz nos devuelven las sonoras explosiones de la T-4. Para ellos las víctimas son daños colaterales, así de claro se posicionan quienes dirigen el terror por encima de cualquier consideración humana. Yo me pregunto que diferencia existe entre una banda mafiosa y ETA. ¿Que su seña de identidad quiere ser la Independencia de Euskadi, el nacionalismo excluyente?. Me suena mucho a lo que sucedió en la antigua Yugoslavia, y ya ven como quedaron las cosas. Estos señores son capaces de enfrentar a todos los españoles con el único objetivo de ver si consiguen la independencia. La opinión de las urnas les trae sin cuidado, de lo contrario hace tiempo que no existiría el problema.

Ahora bien, la convivencia de ciertos nacionalismos tolerados que han aprovechado las circunstancias de ETA da verdadero asco. Ellos son tan culpables como los etarras, porque defienden los mismos ideales con la amenaza de las palabras, todo dentro del marco democrático pero sin claudicar ni ante la Constitución ni ante la Legitimidad establecida.

¿Saben de dónde se nutren los alevines del terror?. De las escuelas vascas donde se les hace sentir diferentes, no españoles, sino agredidos, invadidos. Es una perfecta manipulación que sólo tiene una vuelta atrás. Competencias sujetas a la Ley del Parlamento, sin treguas ni concesiones de ningún tipo. Los mismo vale para Cataluña que para Galicia o para Andalucia, o para la comunidad que sea.

Me hubiera gustado escribir en plan menos airado, pero es que estoy con las vísceras revueltas. Suenan bemoles y nos olvidamos de las escalas mayores, la música no amansa las fieras, a la vista está, ni los villancicos, ni los mensajes de paz consiguieron impedir el ataque a traición. ¡Qué se puede esperar!. Lo dicen por ahí, “al enemigo, ni agua”. La misericordia que la encuentren en el Reino de Dios, aquí más vale que nos pongamos todos de acuerdo en excluir a los excluyentes.

sábado, 6 de enero de 2007

el dolor es un misterio

Voy a presentarles un artículo cuyo autor desconozco pero su fuente es catholic.net. En su momento me sirvió y lo guardé como tantas otras cosas esperando releerlo cuando fuera necesario. Ahora, frente a la barbarie del terrrorismo creo oportuno retomarlo del archivo.

"El dolor es un misterio. Hay que acercarse a él de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tenemos que acercarnos con delicadeza, como un cirujano ante una herida. Y con realismo, sin que bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad.

La primera consideración que yo haría es la de la «cantidad» de dolor que hay en el mundo. Después de tantos siglos de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Y en muchos aspectos la cantidad del dolor aumenta. Se preguntaba Péguy: ¿Creemos acaso que la Humanidad esta sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la Humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?

LA MONTAÑA DEL DOLOR
Los medios de comunicación nos hacen comprender mejor el tamaño de esa montaña del dolor. El hombre del siglo XIV conocía el dolor de sus doscientos o de sus diez mil convecinos, pero no tenía ni idea de lo que se sufría en la nación vecina o en otros continentes. Hoy, afortunada o desgraciadamente, nos han abierto los ojos y sabemos el número de muertos o asesinados que hubo ayer. Sabemos que 40 millones de personas mueren de hambre al año. Y hoy se lucha más que nunca contra el dolor y la enfermedad... Pero no parece que la gran montaña del dolor disminuya. Cuando hemos derrotado una enfermedad, aparecen otras nuevas que ni sospechábamos (cómo olvidar el SIDA?) que toman el puesto de las derrotadas. En la España de hoy, y a esta misma hora, hay tres millones de españoles enfermos. Y diez millones pasan cada año por dolencias más o menos graves. Pero el resto de sus compatriotas (y de sus familiares) prefiere vivir como si estos enfermos no existieran. Se dedican a vivir sus vidas y piensan que ya se plantearán el problema cuando «les toque» a ellos.

Sabemos muy poco del dolor y menos aún de su porqué. ¿Por qué, si Dios es bueno, acepta que un muchacho se mate la víspera de su boda, dejando destruidos a los suyos? ¿Por qué sufren los niños inocentes? Nosotros, cristianos, debemos ser prudentes al responder a estas preguntas que destrozan el alma de media Humanidad. ¿Quién ignora que muchas crisis de fe se producen al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido?

Dar explicaciones a medias es contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: El sentido del sufrimiento es un misterio, pues somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Algunas respuestas pueden aclarar algo el problema y debemos usarlas, pero sabiendo siempre que nunca explicaremos el dolor de los inocentes.

TEORÍAS, NO
Una de esas respuestas parciales podía ser la que afirma que dedicarse a combatir el dolor es más importante y urgente que dedicarse a hacer teorías y responder porqués.

Hemos gastado más tiempo en preguntarnos por qué sufrimos que en combatir el sufrimiento. Por eso, ¡benditos los médicos, las enfermeras, cuantos se dedican a curar cuerpos o almas, cuantos luchan por disminuir el dolor en nuestro mundo!

El dolor es una herencia de todos los humanos, sin excepción. Un gran peligro del sufrimiento es que empieza convenciéndonos de que nosotros somos los únicos que sufrimos en el mundo o los que más sufrimos. Una de las caras más negras del dolor es que tiende a convertirnos en egoístas, que nos incita a mirar sólo hacia nosotros. Un dolor de muelas nos hace creemos la víctima número uno del mundo. Si en un telediario nos muestran miles de muertos, pensamos en ellos durante dos minutos; si nos duele el dedo meñique gastamos un día en autocompadecermos. Tendríamos que empezar por el descubrimiento del dolor de los demás para medir y situar el nuestro.

Es la humilde aceptación de que el hombre, todo hombre, es un ser incompleto y mutilado. Es el descubrimiento de que se puede ser feliz a pesar del dolor, pero es imposible vivir toda una vida sin él. El mayor descubrimiento, el que más me ha tranquilizado como hombre ha sido precisamente este sano realismo. Tratar de no mitificar mi enfermedad, no volverme contra Dios y contra la vida, como si yo fuera una víctima excepcional. Desde el primer momento me planteé la obligación de pensar que «yo no era un enfermo», sino «un señor que tiene un problema» como «todos» tienen sus problemas.

Cuando vas conociendo a los hombres, descubres que «todos» son mutilados de algo. Así pensé que a mí me faltaban los riñones o me sobraba un cáncer, pero que a los demás o les faltaba un brazo, o no tenían trabajo, o tenían un amor no correspondido, o un hijo muerto. Todos. ¿Qué derecho tenía yo, entonces, a quejarme de mis carencias, como si fueran las únicas del mundo? Sentirme especialmente desgraciado me parecía ingenuo y, sobre todo, indigno.

DEMASIADA RETÓRICA
La tercera gran respuesta es ver los aspectos positivos de la enfermedad. Quiero prevenir contra un gran error muy difundido entre personas de buena voluntad: la tendencia a ver en la enfermedad y el dolor algo objetivamente bueno. Creo que se ha hecho, especialmente entre los cristianos, mucha retórica sobre la bondad del dolor, con la que se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose, con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos.

Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: jamás ofreció florilegios sobre la angustia, no fue hacia el dolor como hacia un paraíso. Al contrario: se dedicó a combatir el dolor en los demás, y, en sí mismo, lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre que le alejara de él y lo asumió porque era la voluntad de su Padre. Y entonces acabó convirtiendo el dolor en redención. Es mejor no echarle almíbar piadoso al dolor. Pero hay que decir sin ningún rodeo que en la mano del hombre está conseguir que ese dolor sea ruina o parto. El hombre no puede impedir su dolor, pero puede conseguir que no lo aniquile, e incluso lograr que ese dolor lo levante en vilo.

En lo humano y mucho más en lo sobrenatural, el dolor puede llegar a ser uno de los grandes motores del hombre. Luis Rosales afirmaba que «los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir».

El dolor es parte de nuestra condición humana; deuda de nuestra raza de seres atados al tiempo y a la fugitividad. No hay hombre sin dolor. Y no es que Dios «tolere» los dolores, es, simplemente, que Dios respeta la condición temporal del hombre, lo mismo que respeta que un círculo no pueda ser cuadrado. Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar.

VINAGRE, O VINO GENEROSO
El hombre tiene en sus manos esa opción de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso. Yo he comprobado aquella frase de León Bloy que aseguraba que en el corazón del hombre hay muchas cavidades que desconocemos hasta que viene el dolor a descubrírnoslas. Así puedo afirmar que el dolor es, probablemente, lo mejor que me ha dado la vida y que, siendo en sí una experiencia peligrosa, se ha convertido más en un acicate que en un freno.

Pase lo que pase, a lo que tú no tienes derecho es a desperdiciar tu vida, a rebajarla, a creer que, porque estás enfermo, tienes ya una disculpa para no cumplir tu deber o para amargar a los que te rodean. Debes considerar la enfermedad como un handicap, como un «reto», como una nueva forma para testimoniar tu fe y realizar tu vida. Has de buscar todos los modos para sacar todo lo positivo que haya en la enfermedad y así rentabilizar más tu vida.

Lo verdaderamente grave de la enfermedad es cuando ésta se alarga y se alarga. Un dolor corto, por intenso que sea, no es difícil de sobrellevar. Lo verdaderamente difícil es cuando ese camino de la cruz dura años, y peor aún si se vive con poca o ninguna esperanza de curación en lo humano.

Sólo la gracia de Dios ha podido mantenerme alegre en estos años. Y confieso haberla experimentado casi como una mano que me acariciase. Dios no me ha fallado en momento alguno. Yo llamaría milagro al hecho de que en casi todas las horas oscuras siempre llegaba una carta, una llamada telefónica, un encuentro casual en una calle, que me ayudaba a recuperar la calma. Confieso con gozo que nunca me sentí tan querido como en estos años. Y subrayo esto porque sé muy bien que muchos otros enfermos no han tenido ni tienen en esto la suerte que yo tengo.

La verdadera enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo. ¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano comprensiva y amiga!

Es terrible que tenga que ser la muerte de los seres queridos la que nos descubra que hay que quererse deprisa, precisamente porque tenemos poco tiempo, porque la vida es corta ¡Ojalá no tengáis nunca que arrepentiros del amor que no habéis dado y que perdisteis!

La enfermedad es una gran bendición: cuando te sacude ya no puedes seguirte engañando a ti mismo, ves con claridad quién eras, quién eres.

Descubrí a su luz que en mi escala de valores real había un gran barullo y que no siempre coincidía con la escala que yo tenía en mis propósitos y deseos. ¡Cuántas veces el trabajo se montó por encima de la amistad! ¡Cuántos más espacios de mi tiempo dediqué al éxito profesional que a ver y charlar pausadamente con los míos! Aprendí también a aceptarme a mí mismo, a saber que en no pocas cosas fracasaría y no pasaría absolutamente nada, entendí incluso que uno no tiene corazón suficiente para responder a tanto amor como nos dan. Todo hombre es un mendigo y yo no lo sabía.

Entre estos descubrimientos estuvo el de los médicos, las enfermeras y los otros enfermos. Hasta hace algunos años apenas había tenido contactos con el mundo de los hospitales y tenía de sus habitantes ese barato concepto por el que, con tanta frecuencia acostumbramos a medir a los seres más por sus defectos que por sus virtudes. La enfermedad, al vivir horas y horas en los hospitales, me descubrió qué engañado estaba.

UN ABUSO DE CONFIANZA
La idea de que la enfermedad es «redentora» no es un tópico teológico, sino algo radicalmente verdadero. Dios espera de nosotros, no nuestro dolor, sino nuestro amor; pero es bien cierto que uno de los principales modos en que podemos demostrarle nuestro amor es uniéndonos apasionadamente a su Cruz y a su labor redentora. ¿Qué otras cosas tenemos, en definitiva, los hombres para aportar a su tarea?

Os confieso que jamás pido a Dios que me cure mi enfermedad. Me parecería un abuso de confianza; temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estaría privando de una de las pocas cosas buenas que tengo: mi posibilidad de colaborar con él más íntimamente, más realmente. Le pido, sí, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; que la haga fructificar, que no la estropee yo por mi egoísmo."

Tomado de http://www.devocionario.com

el dolor es un misterio

Voy a presentarles un artículo cuyo autor desconozco pero su fuente es catholic.net. En su momento me sirvió y lo guardé como tantas otras cosas esperando releerlo cuando fuera necesario. Ahora, frente a la barbarie del terrrorismo creo oportuno retomarlo del archivo.

"El dolor es un misterio. Hay que acercarse a él de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tenemos que acercarnos con delicadeza, como un cirujano ante una herida. Y con realismo, sin que bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad.

La primera consideración que yo haría es la de la «cantidad» de dolor que hay en el mundo. Después de tantos siglos de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Y en muchos aspectos la cantidad del dolor aumenta. Se preguntaba Péguy: ¿Creemos acaso que la Humanidad esta sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la Humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?

LA MONTAÑA DEL DOLOR
Los medios de comunicación nos hacen comprender mejor el tamaño de esa montaña del dolor. El hombre del siglo XIV conocía el dolor de sus doscientos o de sus diez mil convecinos, pero no tenía ni idea de lo que se sufría en la nación vecina o en otros continentes. Hoy, afortunada o desgraciadamente, nos han abierto los ojos y sabemos el número de muertos o asesinados que hubo ayer. Sabemos que 40 millones de personas mueren de hambre al año. Y hoy se lucha más que nunca contra el dolor y la enfermedad... Pero no parece que la gran montaña del dolor disminuya. Cuando hemos derrotado una enfermedad, aparecen otras nuevas que ni sospechábamos (cómo olvidar el SIDA?) que toman el puesto de las derrotadas. En la España de hoy, y a esta misma hora, hay tres millones de españoles enfermos. Y diez millones pasan cada año por dolencias más o menos graves. Pero el resto de sus compatriotas (y de sus familiares) prefiere vivir como si estos enfermos no existieran. Se dedican a vivir sus vidas y piensan que ya se plantearán el problema cuando «les toque» a ellos.

Sabemos muy poco del dolor y menos aún de su porqué. ¿Por qué, si Dios es bueno, acepta que un muchacho se mate la víspera de su boda, dejando destruidos a los suyos? ¿Por qué sufren los niños inocentes? Nosotros, cristianos, debemos ser prudentes al responder a estas preguntas que destrozan el alma de media Humanidad. ¿Quién ignora que muchas crisis de fe se producen al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido?

Dar explicaciones a medias es contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: El sentido del sufrimiento es un misterio, pues somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Algunas respuestas pueden aclarar algo el problema y debemos usarlas, pero sabiendo siempre que nunca explicaremos el dolor de los inocentes.

TEORÍAS, NO
Una de esas respuestas parciales podía ser la que afirma que dedicarse a combatir el dolor es más importante y urgente que dedicarse a hacer teorías y responder porqués.

Hemos gastado más tiempo en preguntarnos por qué sufrimos que en combatir el sufrimiento. Por eso, ¡benditos los médicos, las enfermeras, cuantos se dedican a curar cuerpos o almas, cuantos luchan por disminuir el dolor en nuestro mundo!

El dolor es una herencia de todos los humanos, sin excepción. Un gran peligro del sufrimiento es que empieza convenciéndonos de que nosotros somos los únicos que sufrimos en el mundo o los que más sufrimos. Una de las caras más negras del dolor es que tiende a convertirnos en egoístas, que nos incita a mirar sólo hacia nosotros. Un dolor de muelas nos hace creemos la víctima número uno del mundo. Si en un telediario nos muestran miles de muertos, pensamos en ellos durante dos minutos; si nos duele el dedo meñique gastamos un día en autocompadecermos. Tendríamos que empezar por el descubrimiento del dolor de los demás para medir y situar el nuestro.

Es la humilde aceptación de que el hombre, todo hombre, es un ser incompleto y mutilado. Es el descubrimiento de que se puede ser feliz a pesar del dolor, pero es imposible vivir toda una vida sin él. El mayor descubrimiento, el que más me ha tranquilizado como hombre ha sido precisamente este sano realismo. Tratar de no mitificar mi enfermedad, no volverme contra Dios y contra la vida, como si yo fuera una víctima excepcional. Desde el primer momento me planteé la obligación de pensar que «yo no era un enfermo», sino «un señor que tiene un problema» como «todos» tienen sus problemas.

Cuando vas conociendo a los hombres, descubres que «todos» son mutilados de algo. Así pensé que a mí me faltaban los riñones o me sobraba un cáncer, pero que a los demás o les faltaba un brazo, o no tenían trabajo, o tenían un amor no correspondido, o un hijo muerto. Todos. ¿Qué derecho tenía yo, entonces, a quejarme de mis carencias, como si fueran las únicas del mundo? Sentirme especialmente desgraciado me parecía ingenuo y, sobre todo, indigno.

DEMASIADA RETÓRICA
La tercera gran respuesta es ver los aspectos positivos de la enfermedad. Quiero prevenir contra un gran error muy difundido entre personas de buena voluntad: la tendencia a ver en la enfermedad y el dolor algo objetivamente bueno. Creo que se ha hecho, especialmente entre los cristianos, mucha retórica sobre la bondad del dolor, con la que se confunden tres cosas: lo que es el dolor en sí; lo que se puede sacar del dolor; y aquello en lo que el dolor puede acabar convirtiéndose, con la gracia de Dios. Lo primero es y seguirá siendo horrible. Lo segundo y lo tercero pueden llegar a ser maravillosos.

Cristo mismo lo dejó bien claro en su vida: jamás ofreció florilegios sobre la angustia, no fue hacia el dolor como hacia un paraíso. Al contrario: se dedicó a combatir el dolor en los demás, y, en sí mismo, lo asumió con miedo, entró en él temblando, pidió, mendigó al Padre que le alejara de él y lo asumió porque era la voluntad de su Padre. Y entonces acabó convirtiendo el dolor en redención. Es mejor no echarle almíbar piadoso al dolor. Pero hay que decir sin ningún rodeo que en la mano del hombre está conseguir que ese dolor sea ruina o parto. El hombre no puede impedir su dolor, pero puede conseguir que no lo aniquile, e incluso lograr que ese dolor lo levante en vilo.

En lo humano y mucho más en lo sobrenatural, el dolor puede llegar a ser uno de los grandes motores del hombre. Luis Rosales afirmaba que «los hombres que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir».

El dolor es parte de nuestra condición humana; deuda de nuestra raza de seres atados al tiempo y a la fugitividad. No hay hombre sin dolor. Y no es que Dios «tolere» los dolores, es, simplemente, que Dios respeta la condición temporal del hombre, lo mismo que respeta que un círculo no pueda ser cuadrado. Lo que Dios sí nos da es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. Empezó haciéndolo fructífero él mismo en la Cruz y así creó esa misteriosa fraternidad de dolor de la que nosotros podemos participar.

VINAGRE, O VINO GENEROSO
El hombre tiene en sus manos esa opción de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso. Yo he comprobado aquella frase de León Bloy que aseguraba que en el corazón del hombre hay muchas cavidades que desconocemos hasta que viene el dolor a descubrírnoslas. Así puedo afirmar que el dolor es, probablemente, lo mejor que me ha dado la vida y que, siendo en sí una experiencia peligrosa, se ha convertido más en un acicate que en un freno.

Pase lo que pase, a lo que tú no tienes derecho es a desperdiciar tu vida, a rebajarla, a creer que, porque estás enfermo, tienes ya una disculpa para no cumplir tu deber o para amargar a los que te rodean. Debes considerar la enfermedad como un handicap, como un «reto», como una nueva forma para testimoniar tu fe y realizar tu vida. Has de buscar todos los modos para sacar todo lo positivo que haya en la enfermedad y así rentabilizar más tu vida.

Lo verdaderamente grave de la enfermedad es cuando ésta se alarga y se alarga. Un dolor corto, por intenso que sea, no es difícil de sobrellevar. Lo verdaderamente difícil es cuando ese camino de la cruz dura años, y peor aún si se vive con poca o ninguna esperanza de curación en lo humano.

Sólo la gracia de Dios ha podido mantenerme alegre en estos años. Y confieso haberla experimentado casi como una mano que me acariciase. Dios no me ha fallado en momento alguno. Yo llamaría milagro al hecho de que en casi todas las horas oscuras siempre llegaba una carta, una llamada telefónica, un encuentro casual en una calle, que me ayudaba a recuperar la calma. Confieso con gozo que nunca me sentí tan querido como en estos años. Y subrayo esto porque sé muy bien que muchos otros enfermos no han tenido ni tienen en esto la suerte que yo tengo.

La verdadera enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo. ¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano comprensiva y amiga!

Es terrible que tenga que ser la muerte de los seres queridos la que nos descubra que hay que quererse deprisa, precisamente porque tenemos poco tiempo, porque la vida es corta ¡Ojalá no tengáis nunca que arrepentiros del amor que no habéis dado y que perdisteis!

La enfermedad es una gran bendición: cuando te sacude ya no puedes seguirte engañando a ti mismo, ves con claridad quién eras, quién eres.

Descubrí a su luz que en mi escala de valores real había un gran barullo y que no siempre coincidía con la escala que yo tenía en mis propósitos y deseos. ¡Cuántas veces el trabajo se montó por encima de la amistad! ¡Cuántos más espacios de mi tiempo dediqué al éxito profesional que a ver y charlar pausadamente con los míos! Aprendí también a aceptarme a mí mismo, a saber que en no pocas cosas fracasaría y no pasaría absolutamente nada, entendí incluso que uno no tiene corazón suficiente para responder a tanto amor como nos dan. Todo hombre es un mendigo y yo no lo sabía.

Entre estos descubrimientos estuvo el de los médicos, las enfermeras y los otros enfermos. Hasta hace algunos años apenas había tenido contactos con el mundo de los hospitales y tenía de sus habitantes ese barato concepto por el que, con tanta frecuencia acostumbramos a medir a los seres más por sus defectos que por sus virtudes. La enfermedad, al vivir horas y horas en los hospitales, me descubrió qué engañado estaba.

UN ABUSO DE CONFIANZA
La idea de que la enfermedad es «redentora» no es un tópico teológico, sino algo radicalmente verdadero. Dios espera de nosotros, no nuestro dolor, sino nuestro amor; pero es bien cierto que uno de los principales modos en que podemos demostrarle nuestro amor es uniéndonos apasionadamente a su Cruz y a su labor redentora. ¿Qué otras cosas tenemos, en definitiva, los hombres para aportar a su tarea?

Os confieso que jamás pido a Dios que me cure mi enfermedad. Me parecería un abuso de confianza; temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estaría privando de una de las pocas cosas buenas que tengo: mi posibilidad de colaborar con él más íntimamente, más realmente. Le pido, sí, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; que la haga fructificar, que no la estropee yo por mi egoísmo."

Tomado de http://www.devocionario.com

lunes, 1 de enero de 2007

Nuevos medios de comunicación

“El Parlamento Europeo ha dado luz verde a una recomendación que apuesta por la creación de un nuevo dominio específico para las páginas de Internet que están dirigidas al público infantil. Una de las posibilidades que se baraja para la denominación de estas webs es el registro.kid, que significa 'niño' en inglés. La propuesta forma parte de un informe no legislativo sobre la protección de los menores y de la dignidad humana en los nuevos medios de comunicación que fue aprobado por la Eurocámara. Según cuentan fuentes de prnoticias.”

La iniciativa tiene vital importancia en la protección y defensa de los menores. Ya hablé en otra ocasión sobre el mismo tema. Entramos de lleno en los regalos de videoconsolas, juegos y otras maravillas tecnológicas. Donde se deberá registrar si el contenido es apto para el consumo. Esto suena vetusto, desfasado, como si poner límites a lo que no corresponde ver por la falta de formación, fuera esa insensata palabreja que tanto aborrecen algunos: la temible censura. La libertad de expresión por encima de lo conveniente y razonable. Pues mire todo el mundo ha convenido que se clasifiquen las películas por determinadas edades, siguiendo esa lógica los videojuegos también deben supervisarse. Me atrevo a afirmar que lo insensato es dejar navegar a un menor en la caverna cibernáutica, donde deberá sortear miles de obstáculos para llegar a encontrar una salida del laberinto del minotauro. Es mucho más razonable que las webs lleven su criptograma. No tengo la menor idea de cómo funcionará en el ámbito técnico este asunto, pero la propuesta me parece interesante.

Mientras vayan pensando, entre todos igual encontramos una salida a nuestra actual situación en el mal llamado proceso de Paz. ¿Qué paz se puede esperar de quienes chantajean al Estado?. Lo dije en su momento y lo repito: Adiós a las armas, arrepentimiento público, voluntad de diálogo y no de mera imposición. Somos muchos quienes creen que esto debe funcionar con buena voluntad y no basándose en estrategias pésimamente calculadas.

Nuevos medios de comunicación

“El Parlamento Europeo ha dado luz verde a una recomendación que apuesta por la creación de un nuevo dominio específico para las páginas de Internet que están dirigidas al público infantil. Una de las posibilidades que se baraja para la denominación de estas webs es el registro.kid, que significa 'niño' en inglés. La propuesta forma parte de un informe no legislativo sobre la protección de los menores y de la dignidad humana en los nuevos medios de comunicación que fue aprobado por la Eurocámara. Según cuentan fuentes de prnoticias.”

La iniciativa tiene vital importancia en la protección y defensa de los menores. Ya hablé en otra ocasión sobre el mismo tema. Entramos de lleno en los regalos de videoconsolas, juegos y otras maravillas tecnológicas. Donde se deberá registrar si el contenido es apto para el consumo. Esto suena vetusto, desfasado, como si poner límites a lo que no corresponde ver por la falta de formación, fuera esa insensata palabreja que tanto aborrecen algunos: la temible censura. La libertad de expresión por encima de lo conveniente y razonable. Pues mire todo el mundo ha convenido que se clasifiquen las películas por determinadas edades, siguiendo esa lógica los videojuegos también deben supervisarse. Me atrevo a afirmar que lo insensato es dejar navegar a un menor en la caverna cibernáutica, donde deberá sortear miles de obstáculos para llegar a encontrar una salida del laberinto del minotauro. Es mucho más razonable que las webs lleven su criptograma. No tengo la menor idea de cómo funcionará en el ámbito técnico este asunto, pero la propuesta me parece interesante.

Mientras vayan pensando, entre todos igual encontramos una salida a nuestra actual situación en el mal llamado proceso de Paz. ¿Qué paz se puede esperar de quienes chantajean al Estado?. Lo dije en su momento y lo repito: Adiós a las armas, arrepentimiento público, voluntad de diálogo y no de mera imposición. Somos muchos quienes creen que esto debe funcionar con buena voluntad y no basándose en estrategias pésimamente calculadas.

sábado, 30 de diciembre de 2006

!!Feliz Año Nuevo 2007!!

A mí me cae bien Rodríguez Zapatero, y más aún la vicepresidenta del gobierno. Tienen un lenguaje lleno de concordia y reconciliación, de pacto y consenso, de manos tendidas. No es posible que ante tamaña buena voluntad caiga mal esta pareja. Hay que reconocer que han metido la gamba, pero a lo hecho pecho y rectificar no está nada mal. Quienes no me caen tan bien son los “hijos de la ira”, con permiso de nuestro poeta Dámaso Alonso. Esos imberbes están educados en la batalla sanguinaria: “o estás conmigo o están contra mí”. ¿Y a ver quién se pone de acuerdo con ellos. ?. Temen por igual al laicismo y al anticlericalismo y hacen bandera de su nacionalismo sectarista. Y qué quieren que les diga, llevamos siglos de tradición que pesan sobre el mismo tema.

Por tanto me mosquea encontrarme un presbítero que me ataca la sociedad como la panacea de todo los males y pecados. Siempre pienso que no están muy en la onda de los ciudadanos de a pie. Pero quien de verdad me pone la carne de gallina, son aquellos que están a favor de la sociedad y sus costumbres. Ahí oyes a los teólogos de la liberación, y no sabes bien si están haciendo un manifiesto político o una homilía. Ya sé que en nada soluciona a los problemas rezar fervorosamente. Pero es que tenemos algunas figuras señeras de la oración contemplativa que no podemos dejar en el baúl de los recuerdos.

Todo esto me lleva al tema actual de los asistentes sociales, enfermeros, maestros y otras profesiones en las cuáles entran de lleno los religiosos@s de hoy de día. Y claro, se necesita explicitar bien el asunto, que todos somos hijos de Dios.

Pero de todo ello ya han hablado largo y claro mis compañeros de blog. No voy a pedir un voto zapateril, que no estamos en época de elecciones. Pero después de lo que ha caído felicitar el año me parece una burla, si no recuerdo el atentado terrible de estas últimas horas. Y yo sólo quiero desear lo mejor a los amigos. “A los enemigos ni agua”, dice el refrán.

Pero bueno aprovecho para hacer un fotomontaje que toque directo al corazón del personal, tan agobiado por los gastos y la cuesta de enero que está al volver la esquina.
Lo dicho a todos: venturoso, próspero, saludable .....año nuevo. Nos vemos si Dios quiere en el 2007.