Desde hace tiempo vengo observando una preocupación compartida por la necesidad de educar en valores. La sociedad necesita una ética de mínimos que sea compatible con la libertad religiosa y el laicismo. Asimismo son muchas las voces que piden una ética troncal y una religión optativa en la escuela.Caminamos hacia una sociedad multicultural donde la presencia del velo en la mujer, forma parte de una cultura religiosa que no entendemos. Presenciamos como nuestras fiestas de moros y cristianos se autocensuran para no ofender la sensibilidad de los hijos de Alá. Asistimos a la poligamia de nuestros vecinos africanos, que residiendo en España exportan su costumbre sin hacer caso a la legislación del país que los acoge. Todo ese marasmo de etnias y creencias necesita ser estudiado con detenimiento, porque de ello depende nuestra futura convivencia. De momento la tolerancia es la nota dominante, pero también se levantan voces críticas a las que no les sobran argumentos.
Este verano hemos sido desbordados por el tema de la inmigración, unos ve en ello sólo inconvenientes, otros entendemos que las migraciones siempre han existido. Pero de lo que no hay duda es que los niños de hoy serán los ciudadanos del mañana. El modo como sean educados en el presente condicionará nuestra sociedad dentro de diez o quince años. Desde esa preocupación convergen diversas voces que claman por una educación que valore las raíces de Occidente. Conocer nuestro pasado es salvaguardar nuestra identidad.
En consecuencia parece que hoy más que nunca se debería contemplar una enseñanza de la historia de la cultura que incluya las religiones que han configurado la mentalidad occidental, oriental y asiática, con sus variedades artísticas representadas por la arquitectura, la pintura, la literatura, la filosofía y otros. El estudio de las humanidades no puede limitarse a unas especialidades, tiene la importancia suficiente como para ser materia troncal, que asegure la capacidad de discernir lo fundamental de lo anecdótico dentro de una sociedad plural y democrática. No imponer una creencia, pero hacer posible explorar diversas culturas en común para encontrar un mínimo de valores. Ese debe ser el camino a seguir.
Necesitamos escuchar a los expertos, debatir a fondo la integración, tener visión de futuro y alejarnos de extremismos religiosos o políticos que no buscan unir, sino separar. La España de hoy es el resultado del proceso de la Transición con todas sus luces y sus sombras. Si la sociedad hoy está más polarizada que hace treinta años, también es verdad que la situación actual en nada se parece a la de entonces. Nuestros vecinos ya no vienen de Albacete, Andalucía, Cuenca, o Extremadura, donde lo que nos diferenciaba era la gastronomía junto con las danzas y trajes regionales. Hoy tenemos en nuestras ciudades un abanico de gente que viene de varios continentes: Ecuatorianos, Guineanos, Senegales, Marroquíes, Colombianos, Argentinos, Rumanos, Chinos. La diversidad hace necesaria una cultura que integre la pluralidad, sin que nos lleve a crear ghettos. Se habla del síndrome de Ulises, el mal de todo inmigrante que sueña con volver a su patria con el suficiente dinero para montar un negocio. De manera que van agrupándose por nacionalidades, sin terminar de adaptarse al cambio de costumbres, con la esperanza de regresar a su país. Con el tiempo terminan por asumir la dificultad del regreso y hacen más fuertes los vínculos con la tierra lejana. Sólo sus hijos podrán entender las costumbres ancestrales de sus mayores y las ventajas del país donde se educaron. Pero para que no exista el choque cultural, nosotros tenemos que propiciar un mínimo de valores que sirvan para las diversas mentalidades.


