viernes, 10 de octubre de 2008

Zapatero contra la pena de muerte y a favor del aborto


La efeméride del día es “la jornada mundial contra la pena de muerte” y además se le añade “el día mundial de la salud mental”. Ambas tienen enorme repercusión en nuestra sociedad. La primera hace hincapié en el derecho a la vida defendido por la Declaración Universal de los derechos Humanos, y ha convertido en la ONU a nuestro flamante presidente en paladín de esta causa, al mismo tiempo que su gobierno prepara una modificación de la Ley del aborto.
Es curioso como las sociedades pueden justificar por mayoría verdaderas aberraciones. Hoy no entendemos la esclavitud, sin embargo formó parte de la sociedad “cristiana” durante siglos. Algo tan elemental como la dignidad de la persona era anulada en beneficio de un dueño absoluto de su vida. Tuvieron que pasar muchos años para que los defensores de la abolición de la esclavitud alcanzaran el poder y con él suprimieran la indignidad a la que habían sometido a sus hermanos.

Pues ahora mismo, el aborto quiere ser convertido en un “derecho” en un giro eufemístico que tiene notables consecuencias. La sociedad considera normal deshacerse de un ser vivo, en un genocidio sin parangón que es propio del hedonismo de la actual sociedad del bienestar. Llegar a suprimir al ser humano sin ningún cargo de conciencia, por causas de conveniencia personal, entra en conflicto con ese mapa universal de comportamiento que son “los derechos humanos”.
Quien vea en los pro-vida un grupo integrista religioso se deja llevar por el fruto de la enfermedad social que como en el pasado hoy afecta a la mayoría. Esa enfermedad que convierte lo insólito en legal. De la misma manera que se aceptaba en el pasado la venta de seres humanos que perdían su identidad y su libertad en manos de sus amos. Los abolicionistas fueron puestos en la picota en más de una ocasión y también padecieron la incomprensión de su sociedad.

A nadie se le ocurre decir que la condena al asesinato o a la tortura es debida a conceptos religiosos y por tanto deben suprimirse del código civil. Hay derechos como el de la propiedad que tampoco se cuestionan, aunque en las puertas de los comercios los “sin papeles” pidan la voluntad. Ellos que pidan, no tienen derecho a entrar y coger lo que necesitan para subsistir. Pese a que el cristianismo fue el primero en defender una socialización de los bienes donde todo es de todos y para la comunidad. Eso se queda en los anales de la historia de los primeros cristianos, quienes vendían sus bienes y los ponían a disposición de sus hermanos más necesitados.

Estas paradojas nos llevan al diagnóstico de que históricamente la sociedad ha admitido aberraciones con enorme tranquilidad de conciencia. Hoy los jóvenes toman el aborto como un método anticonceptivo y la sexualidad como un derecho al goce y al placer, sin consecuencias para nadie. De ahí que se estén dando citas para relaciones sexuales de fin de semana y si te he visto no me acuerdo. De esta manera se fomenta la promiscuidad que no es otra cosa que utilizar a otro para satisfacer mis instintos.

Pero cuestionar estos hechos es caer en el integrismo y en una moralidad represora. Nada más alejado de la realidad del cristianismo. Nuestra ley es el amor y el amor es una donación libre hacia los demás. Por eso la Iglesia sigue acogiendo a los más necesitados de la sociedad sin distinción de raza, condición social, o religión. Viendo las cosas con perspectiva le debemos al cristianismo la sociedad del bienestar, porque ésta se basa en los valores de cubrir las necesidades básicas que se han convertido en derechos tras largos años de lucha por parte de millones de cristianos. Así pues defendamos la abolición de la pena de muerte, pero al mismo tiempo seamos consecuentes firmando contra el asesinato de seres indefensos en el vientre de sus madres.

Es necesario por tanto políticos que promuevan medidas de atención que favorezcan la maternidad, incluso en los casos más dramáticos. Sabiendo que toda la sociedad acepta la vida y la defiende incluso en situaciones de enfermedad o minusvalía. Es grotesco que se establezcan leyes para atender la dignidad de los disminuidos y al mismo tiempo se favorezca su exterminio.
Cuando una sociedad decide eliminar a quienes les molestan, todos estamos en peligro. Y ahora tenemos un gobierno que quiere legalizar la eutanasia y seguir manipulando la vida. Por ahí comenzó Hitler y desembocó en una guerra mundial. Ustedes verán si no es como para preocuparse

Zapatero contra la pena de muerte y a favor del aborto


La efeméride del día es “la jornada mundial contra la pena de muerte” y además se le añade “el día mundial de la salud mental”. Ambas tienen enorme repercusión en nuestra sociedad. La primera hace hincapié en el derecho a la vida defendido por la Declaración Universal de los derechos Humanos, y ha convertido en la ONU a nuestro flamante presidente en paladín de esta causa, al mismo tiempo que su gobierno prepara una modificación de la Ley del aborto.
Es curioso como las sociedades pueden justificar por mayoría verdaderas aberraciones. Hoy no entendemos la esclavitud, sin embargo formó parte de la sociedad “cristiana” durante siglos. Algo tan elemental como la dignidad de la persona era anulada en beneficio de un dueño absoluto de su vida. Tuvieron que pasar muchos años para que los defensores de la abolición de la esclavitud alcanzaran el poder y con él suprimieran la indignidad a la que habían sometido a sus hermanos.

Pues ahora mismo, el aborto quiere ser convertido en un “derecho” en un giro eufemístico que tiene notables consecuencias. La sociedad considera normal deshacerse de un ser vivo, en un genocidio sin parangón que es propio del hedonismo de la actual sociedad del bienestar. Llegar a suprimir al ser humano sin ningún cargo de conciencia, por causas de conveniencia personal, entra en conflicto con ese mapa universal de comportamiento que son “los derechos humanos”.
Quien vea en los pro-vida un grupo integrista religioso se deja llevar por el fruto de la enfermedad social que como en el pasado hoy afecta a la mayoría. Esa enfermedad que convierte lo insólito en legal. De la misma manera que se aceptaba en el pasado la venta de seres humanos que perdían su identidad y su libertad en manos de sus amos. Los abolicionistas fueron puestos en la picota en más de una ocasión y también padecieron la incomprensión de su sociedad.

A nadie se le ocurre decir que la condena al asesinato o a la tortura es debida a conceptos religiosos y por tanto deben suprimirse del código civil. Hay derechos como el de la propiedad que tampoco se cuestionan, aunque en las puertas de los comercios los “sin papeles” pidan la voluntad. Ellos que pidan, no tienen derecho a entrar y coger lo que necesitan para subsistir. Pese a que el cristianismo fue el primero en defender una socialización de los bienes donde todo es de todos y para la comunidad. Eso se queda en los anales de la historia de los primeros cristianos, quienes vendían sus bienes y los ponían a disposición de sus hermanos más necesitados.

Estas paradojas nos llevan al diagnóstico de que históricamente la sociedad ha admitido aberraciones con enorme tranquilidad de conciencia. Hoy los jóvenes toman el aborto como un método anticonceptivo y la sexualidad como un derecho al goce y al placer, sin consecuencias para nadie. De ahí que se estén dando citas para relaciones sexuales de fin de semana y si te he visto no me acuerdo. De esta manera se fomenta la promiscuidad que no es otra cosa que utilizar a otro para satisfacer mis instintos.

Pero cuestionar estos hechos es caer en el integrismo y en una moralidad represora. Nada más alejado de la realidad del cristianismo. Nuestra ley es el amor y el amor es una donación libre hacia los demás. Por eso la Iglesia sigue acogiendo a los más necesitados de la sociedad sin distinción de raza, condición social, o religión. Viendo las cosas con perspectiva le debemos al cristianismo la sociedad del bienestar, porque ésta se basa en los valores de cubrir las necesidades básicas que se han convertido en derechos tras largos años de lucha por parte de millones de cristianos. Así pues defendamos la abolición de la pena de muerte, pero al mismo tiempo seamos consecuentes firmando contra el asesinato de seres indefensos en el vientre de sus madres.

Es necesario por tanto políticos que promuevan medidas de atención que favorezcan la maternidad, incluso en los casos más dramáticos. Sabiendo que toda la sociedad acepta la vida y la defiende incluso en situaciones de enfermedad o minusvalía. Es grotesco que se establezcan leyes para atender la dignidad de los disminuidos y al mismo tiempo se favorezca su exterminio.
Cuando una sociedad decide eliminar a quienes les molestan, todos estamos en peligro. Y ahora tenemos un gobierno que quiere legalizar la eutanasia y seguir manipulando la vida. Por ahí comenzó Hitler y desembocó en una guerra mundial. Ustedes verán si no es como para preocuparse

sábado, 4 de octubre de 2008

La mujer y los laicos en el Sínodo de la Palabra



Hay que reconocer a la lengua una capacidad sorprendente de empatía con el lector. Cuando ésta se da, todo fluye de manera armoniosa. En cambio nos resulta insoportable el farragoso texto de cualquier teólogo lleno de citas eruditas. La frescura de la comunicación de la fe mediante la sencillez es el camino de los “grandes”, desde una Santa Teresita del Niño Jesús hasta la Santa de Ávila o la más reciente Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Las he elegido porque todas ellas celebran su onomástica en este mes del rosario. Y porque todas ellas contribuyeron a la literatura religiosa de la época y tuvieron especial repercusión en miles de personas al leer sus obras y conocer su vida.

Ahora el movimiento “Somos Iglesia” reivindica en el próximo Sínodo sobre la Palabra la presencia de la mujer en la Iglesia. Realizando una mirada al pasado nos encontramos con “el genio femenino” en toda época y condición. Tal vez hubo un interés inusitado por la vida religiosa y sólo se destacó esta vocación en detrimento de los laicos. Pero bien entrado el siglo XX, con el Concilio Vaticano II, se ha visto con claridad que el papel del laico en la Iglesia es insustituible y adquiere un protagonismo esencial. No está de más recordar en el Sínodo de la Palabra que comienza este 5 de octubre que la santidad no es una cuestión específica de la vida religiosa, sino de cualquier cristiano.

Eso que ahora tenemos tan claro, no lo estuvo en el pasado. Y es curioso como nos lo destaca el Pliego de Vida Nueva de la mano del sacerdote y escritor José Pedro Manglano. El cristiano en el mundo tiene el papel de los grandes creyentes de la Biblia, que no fueron especialmente otra cosa más que creyentes, independientemente de su condición social. La experta biblista Dolores Aleixandre lo explica con claridad:

Hay que reconocer que todavía “no hemos arreglado los papeles” para separarnos del pensamiento filosófico con el que se desposó el casto matrimonio de la joven teología cristiana. Uno de los frutos de esa unión fue un lenguaje plagado de categorías abstractas, clasificaciones, géneros, especies, sustancias y accidentes que nunca supo qué hacer con las narraciones y nombres concretos que pueblan todos los rincones de la Biblia: Abraham, Raquel, Davida, Gedeón, Andrés, Pedcro, Marta, Zaqueo, María...Todos diferentes y, sin embargo, visitados por un Dios que tiene como costumbre no suprimir nada de la diversidad que nos constituye como sujetos singulares, sino que promueve diferencias e instaura relaciones en las que llegamos a ser significativos unos para otros.

Cuando contemplamos como ha evolucionado la historia de la Iglesia tras el Concilio Vaticano II, tenemos conciencia de que el laico ha ocupado un puesto importante e insustituible. Muchos se oponen a un sacerdocio exclusivo para los célibes y varones, en razón de esa larga trayectoria de tantos y tantos creyentes, hombres y mujeres, que en la Biblia no fueron representantes de una casta especial, de un sacerdocio burócrata, sino más bien ciudadanos de a pie invadidos por el Espíritu y la gracia.

Entiéndase que esto por muy heterodoxo que suene, es sin embargo una dinámica que subyace a partir del Concilio Vaticano II. El papel del cristiano de a pie es tan importante como el papel del sacerdote revestido de la autoridad que le concede en magisterio. La santidad es la meta más importante de cualquier creyente, y en ella cabe todo ciudadano por la gracia de Dios. Así que escuchar la voz de la mujer, relegada a tareas secundarias y aceptada ahora como compañera de viaje en este camino de encuentro con el Señor, es una de las asignaturas pendientes de la Iglesia.

No se nos escapa que la propia fuerza de la mujer y su empuje hacen posible ahora el acceso a la formación de los futuros sacerdotes, como teólogas y doctoras expertas en Sagrada Escritura. Ellas darán ese toque de feminidad necesario en la Iglesia, con su empeño personal y la fuerza de los hechos.

A ver si el Sínodo nos sorprende aceptando con naturalidad la perspectiva de género que nada tiene que ver con “la ideología de género” bestia negra de la Iglesia que cuando huele su perfume salta a la defensiva como un león herido de muerte.

La mujer y los laicos en el Sínodo de la Palabra



Hay que reconocer a la lengua una capacidad sorprendente de empatía con el lector. Cuando ésta se da, todo fluye de manera armoniosa. En cambio nos resulta insoportable el farragoso texto de cualquier teólogo lleno de citas eruditas. La frescura de la comunicación de la fe mediante la sencillez es el camino de los “grandes”, desde una Santa Teresita del Niño Jesús hasta la Santa de Ávila o la más reciente Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Las he elegido porque todas ellas celebran su onomástica en este mes del rosario. Y porque todas ellas contribuyeron a la literatura religiosa de la época y tuvieron especial repercusión en miles de personas al leer sus obras y conocer su vida.

Ahora el movimiento “Somos Iglesia” reivindica en el próximo Sínodo sobre la Palabra la presencia de la mujer en la Iglesia. Realizando una mirada al pasado nos encontramos con “el genio femenino” en toda época y condición. Tal vez hubo un interés inusitado por la vida religiosa y sólo se destacó esta vocación en detrimento de los laicos. Pero bien entrado el siglo XX, con el Concilio Vaticano II, se ha visto con claridad que el papel del laico en la Iglesia es insustituible y adquiere un protagonismo esencial. No está de más recordar en el Sínodo de la Palabra que comienza este 5 de octubre que la santidad no es una cuestión específica de la vida religiosa, sino de cualquier cristiano.

Eso que ahora tenemos tan claro, no lo estuvo en el pasado. Y es curioso como nos lo destaca el Pliego de Vida Nueva de la mano del sacerdote y escritor José Pedro Manglano. El cristiano en el mundo tiene el papel de los grandes creyentes de la Biblia, que no fueron especialmente otra cosa más que creyentes, independientemente de su condición social. La experta biblista Dolores Aleixandre lo explica con claridad:

Hay que reconocer que todavía “no hemos arreglado los papeles” para separarnos del pensamiento filosófico con el que se desposó el casto matrimonio de la joven teología cristiana. Uno de los frutos de esa unión fue un lenguaje plagado de categorías abstractas, clasificaciones, géneros, especies, sustancias y accidentes que nunca supo qué hacer con las narraciones y nombres concretos que pueblan todos los rincones de la Biblia: Abraham, Raquel, Davida, Gedeón, Andrés, Pedcro, Marta, Zaqueo, María...Todos diferentes y, sin embargo, visitados por un Dios que tiene como costumbre no suprimir nada de la diversidad que nos constituye como sujetos singulares, sino que promueve diferencias e instaura relaciones en las que llegamos a ser significativos unos para otros.

Cuando contemplamos como ha evolucionado la historia de la Iglesia tras el Concilio Vaticano II, tenemos conciencia de que el laico ha ocupado un puesto importante e insustituible. Muchos se oponen a un sacerdocio exclusivo para los célibes y varones, en razón de esa larga trayectoria de tantos y tantos creyentes, hombres y mujeres, que en la Biblia no fueron representantes de una casta especial, de un sacerdocio burócrata, sino más bien ciudadanos de a pie invadidos por el Espíritu y la gracia.

Entiéndase que esto por muy heterodoxo que suene, es sin embargo una dinámica que subyace a partir del Concilio Vaticano II. El papel del cristiano de a pie es tan importante como el papel del sacerdote revestido de la autoridad que le concede en magisterio. La santidad es la meta más importante de cualquier creyente, y en ella cabe todo ciudadano por la gracia de Dios. Así que escuchar la voz de la mujer, relegada a tareas secundarias y aceptada ahora como compañera de viaje en este camino de encuentro con el Señor, es una de las asignaturas pendientes de la Iglesia.

No se nos escapa que la propia fuerza de la mujer y su empuje hacen posible ahora el acceso a la formación de los futuros sacerdotes, como teólogas y doctoras expertas en Sagrada Escritura. Ellas darán ese toque de feminidad necesario en la Iglesia, con su empeño personal y la fuerza de los hechos.

A ver si el Sínodo nos sorprende aceptando con naturalidad la perspectiva de género que nada tiene que ver con “la ideología de género” bestia negra de la Iglesia que cuando huele su perfume salta a la defensiva como un león herido de muerte.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Revisionismo histórico: "Los girasoles ciegos"



El cine español nos vuelve a meter en el túnel del tiempo para revivir los años inmediatamente posteriores al conflicto civil del treinta y seis en España. Es curioso que el revisionismo histórico siempre se realice sobre la misma esquina ideológica. La sufrida población de izquierdas, machacada por los nacionales. Tengo que reconocer que el guión, la interpretación y la factura de la película son excelentes. Puede concursar con dignidad en cualquier certamen internacional. El libro homónimo de Alberto Méndez ha servido para montar un buen guión llevado de la mano magistral de Rafael Azcona. La dirección de José Luis Cuerda, con una excelente fotografía y música, contribuyen a la excelente factura del flim.

La película muestra la cara de la derrota y la cara de la victoria, pero de modo muy parcial. Todas las guerras son tristes y la nuestra entre hermanos regó los campos de España con sangre inocente de un lado y otro. Esa es la gran película que todavía no se ha hecho. La que muestre la barbarie en ambos lados y no nos deje con una interpretación sesgada de la realidad. Eso no lo consigue esta película, como ninguna otra de las que se han emitido hasta ahora.

Los girasoles ciegos, sirven para presentarnos a un seminarista repelente, que proyecta una imagen negativa hacia toda la institución eclesial y además, apunta hacia el nacionalcatolicismo con una saña verdaderamente canalla. Un ser abyecto que abandonó el seminario para ganar la guerra pistola en mano. Que confiesa haber matado y fusilado a muchos hombres; que no sabe rehacer su vida y que ni tan siquiera está seguro de su vocación. El morbo, como no podía ser de otro modo, viene aparejado por su voto de castidad que azuza su lujuria obsesiva hacia el personaje interpretado por Maribel Verdú.

Me entristece que se esté dando una imagen desfasada de la realidad. La historia de la película no es un relato biográfico y sin embargo, la gente sale completamente convencida de que la vida con Franco era así, con esa mezcolanza de sadismo y patriotismo fanático. No es por tanto una película para la reconciliación, sino para dejar un homenaje a los perdedores, como viene siendo habitual durante estos treinta años de democracia.

La trasgresión que le falta al cine y a la novela española es la de meterse en la piel del otro lado. La de los miles de religiosos y religiosas, sacerdotes y creyentes, que fueron ajusticiados exclusivamente por su fe. Junto a otros muchos inocentes que estaban en el lado equivocado de la contienda. Esos meses de julio y agosto del treinta y seis, están escritos con sangre de civiles cuyo único delito fue pensar y sentir de modo diferente a quienes les gobernaban en ese momento. A ellos les sacaron de su casa, no pudieron defenderse y merecen ser honrados por todos nosotros.

Creo que el verdadero revisionismo histórico está en considerar víctimas inocentes a unos y a otros. Pero si ello no fuera posible, al menos que alguien se atreva a adaptar “Muerte a los curas” de Martín Vigil; “Los cipreses creen en Dios” de José María Gironella. Y muchas otras obras que forman parte del patrimonio literario de todos los españoles. Pero nos presentan la otra cara de la moneda, la que ahora se oculta por extraños sentimientos de culpa, de vergüenza o de miedo al pensamiento dominante.

No estaría de más que junto a las series españolas que están revisando el pasado, volvieran a salir películas que educaron a unas cuantas generaciones y que hoy se considerarán insólitas, aunque forman parte de nuestra historia. Una visión sesgada lleva hacia el fanatismo y hoy más que nunca es necesario recordar que la Ley de amnistía de 1.977 liberó de la cárcel a todos los presos políticos.

Es hora por tanto de vivir la democracia y olvidar el pasado. Si acaso queremos rescatarlo no seamos mezquinos viendo exclusivamente una sola esquina. Hace falta reconciliación y grandeza de miras para pasar página y no azuzarnos los viejos fantasmas.

Revisionismo histórico: "Los girasoles ciegos"



El cine español nos vuelve a meter en el túnel del tiempo para revivir los años inmediatamente posteriores al conflicto civil del treinta y seis en España. Es curioso que el revisionismo histórico siempre se realice sobre la misma esquina ideológica. La sufrida población de izquierdas, machacada por los nacionales. Tengo que reconocer que el guión, la interpretación y la factura de la película son excelentes. Puede concursar con dignidad en cualquier certamen internacional. El libro homónimo de Alberto Méndez ha servido para montar un buen guión llevado de la mano magistral de Rafael Azcona. La dirección de José Luis Cuerda, con una excelente fotografía y música, contribuyen a la excelente factura del flim.

La película muestra la cara de la derrota y la cara de la victoria, pero de modo muy parcial. Todas las guerras son tristes y la nuestra entre hermanos regó los campos de España con sangre inocente de un lado y otro. Esa es la gran película que todavía no se ha hecho. La que muestre la barbarie en ambos lados y no nos deje con una interpretación sesgada de la realidad. Eso no lo consigue esta película, como ninguna otra de las que se han emitido hasta ahora.

Los girasoles ciegos, sirven para presentarnos a un seminarista repelente, que proyecta una imagen negativa hacia toda la institución eclesial y además, apunta hacia el nacionalcatolicismo con una saña verdaderamente canalla. Un ser abyecto que abandonó el seminario para ganar la guerra pistola en mano. Que confiesa haber matado y fusilado a muchos hombres; que no sabe rehacer su vida y que ni tan siquiera está seguro de su vocación. El morbo, como no podía ser de otro modo, viene aparejado por su voto de castidad que azuza su lujuria obsesiva hacia el personaje interpretado por Maribel Verdú.

Me entristece que se esté dando una imagen desfasada de la realidad. La historia de la película no es un relato biográfico y sin embargo, la gente sale completamente convencida de que la vida con Franco era así, con esa mezcolanza de sadismo y patriotismo fanático. No es por tanto una película para la reconciliación, sino para dejar un homenaje a los perdedores, como viene siendo habitual durante estos treinta años de democracia.

La trasgresión que le falta al cine y a la novela española es la de meterse en la piel del otro lado. La de los miles de religiosos y religiosas, sacerdotes y creyentes, que fueron ajusticiados exclusivamente por su fe. Junto a otros muchos inocentes que estaban en el lado equivocado de la contienda. Esos meses de julio y agosto del treinta y seis, están escritos con sangre de civiles cuyo único delito fue pensar y sentir de modo diferente a quienes les gobernaban en ese momento. A ellos les sacaron de su casa, no pudieron defenderse y merecen ser honrados por todos nosotros.

Creo que el verdadero revisionismo histórico está en considerar víctimas inocentes a unos y a otros. Pero si ello no fuera posible, al menos que alguien se atreva a adaptar “Muerte a los curas” de Martín Vigil; “Los cipreses creen en Dios” de José María Gironella. Y muchas otras obras que forman parte del patrimonio literario de todos los españoles. Pero nos presentan la otra cara de la moneda, la que ahora se oculta por extraños sentimientos de culpa, de vergüenza o de miedo al pensamiento dominante.

No estaría de más que junto a las series españolas que están revisando el pasado, volvieran a salir películas que educaron a unas cuantas generaciones y que hoy se considerarán insólitas, aunque forman parte de nuestra historia. Una visión sesgada lleva hacia el fanatismo y hoy más que nunca es necesario recordar que la Ley de amnistía de 1.977 liberó de la cárcel a todos los presos políticos.

Es hora por tanto de vivir la democracia y olvidar el pasado. Si acaso queremos rescatarlo no seamos mezquinos viendo exclusivamente una sola esquina. Hace falta reconciliación y grandeza de miras para pasar página y no azuzarnos los viejos fantasmas.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Honremos su memoria y que descansen en paz

Estaba decidida a pasar página una vez más, pero ¡qué narices! otros vienen abriendo fosas buscando a sus muertos y ahora se les añade al grupo, Baltasar Garzón, el Juez estrella de la Audiencia. Está empeñado en contabilizar desaparecidos, enterrados, ajusticiados. Aquello de “liberta, libertad, sin ira libertad”, ya no cuenta. Volvemos a levantar los fantasmas del pasado. ¡Pobres muertos, les buscan una tumba en lugar sagrado!. Un nombre en una lápida y a no les extrañe que inscriban caído por Negrín y la Pasionaria.

Ya sé que les parecerá de mal gusto pero puestos a reivindicar memoria histórica tendremos que inventar epitafios para los huesos de estos venerables antepasados que vuelven a revivir, gracias a las asociaciones de víctimas. Se ha levantado la guadaña para purificar a los rojos asesinos y convertirles en hermanos de la internacional, bondadosos anarquistas, y pacíficos republicanos. Y dale con sacar el pedigrí de demócrata, parece que eso da un plus de autenticidad que adolece en aquellos otros quienes de victoriosos pasaron a denominarse sublevados.

Cuántas mentiras nos contaron, gimen ahora los tataranietos de los ilustres “represaliados”. Todos ellos seguidores de la serie “Amar en tiempos de guerra”. El lavado histórico comenzó en la Transición y no han parado desde entonces. Estoy segura que ha Franco le han puesto el Tridente y alguno le añade el rabo del mismo Satanás. ¡Cuánto dolor acumulado!.

Las guerras son una desgracia, si encima suceden entre hermanos de sangre ya para que vamos a contar. Los pueblos civilizados han conocido contiendas fratricidas, la revolución francesa, la rusa, la guerra civil americana, Garibaldi en Italia, las guerras de independencia de los países hispanos y las del Continente africano. Todos deben tener su memoria histórica. Pero podemos acercar las fechas a otras contiendas entre hermanos, la antigua Yugoslavia nos dejó el mismo saldo de asesinatos y matanzas que en otros lugares y en otros tiempos históricos. Y eso que ya teníamos Internet para colgar vídeos reales, de matanzas reales, en tiempo real.

Está bien eso de dignificar la memoria de los muertos. Siempre que no caigamos en falacias absurdas. No es lo mismo ser juzgado por delitos de sangre que ser ajusticiado por tus ideas políticas. Pero bueno, historiadores como Ian Gibson, buscando conocer el paradero de García Lorca, nos proporcionan el número de ejecutados en las tapias del cementerio de Granada, durante los meses de julio y agosto del 36. Ahí perdí mi inocencia histórica, porque aquellos infelices que cayeron en bando nacional los primeros meses del alzamiento, no habían cogido un fusil, no fueron combatientes, fueron civiles indefensos que morían por pensar diferente, o por inquinas personales de mala gente dispuesta a aprovechar el caos de una guerra.

Quiero decir que toda la Memoria Histórica que viene haciéndose desde entonces merece el respeto de todos nosotros. Pero que no nos cuelen sapos y culebras. Y que vayan dejando de levantar monumentos fúnebres a unos y quitar lápidas de otros. Porque tan inocentes fueron unos como los otros. De manera que las víctimas de miles de Iglesias cuyos nombres figuran inscritos por Dios y por España, tendrían que quedar junto a los que cayeron por España y sus creencias. Así, a la par, unos junto a otros, muertos de ambos bandos, civiles igualmente que cayeron de manera injusta y vil.

Así descansan en el Valle de los Caídos combatientes de ambos bandos. Pues de igual modo honremos a los muertos civiles de ambos bandos y cerremos de una vez por todas la herida que aún sigue sangrando. Se admiten sugerencias para que todas las víctimas puedan descansar en paz. Y los vivos honremos su memoria con independencia de la zona donde les pilló la muerte.